miércoles, 5 de septiembre de 2012

Llorando en Aeropuertos

Doce y media de la mañana de un soleado y caluroso día de verano en Munich. Me dirijo al aeropuerto de nuevo, con destino Santiago de Chile haciendo escala en Madrid. 


Todavía no sé dónde viviré el próximo mes, pero como hay un 98% de posibilidades de que sea en Chile, decido llevarme dos maletas grandes con casi todas las cosas que tengo en Munich. 


Tras un agradable paseo en taxi, donde parecía que el recorrido hacia el aeropuerto está pensado para que te vayas despidiendo de todos los lugares emblemáticos (y preciosos) de esta bonita ciudad, me dispongo a facturar las maletas en el mostrador, sabiendo que tendré que pagar mucho, mucho dinero. Confío en que me toque alguna chica amable, algún chico alemán con el que poder ligar un poco y conseguir que me deje pasar el exceso de equipaje… pero no.

 Como es habitual, pero hasta ahora no para mí, la ley de Murphy no suele fallar, y me toca el alemán más borde de todo el aeropuerto. Serio, subanestrujenbajen, el típico tópico. Os lo podéis imaginar.

En silencio, empiezo a pensar en que voy a tener que cambiar mis tácticas para no tener que pagar demasiado por las maletas.

Tras pesar la primera, y sabiendo que el límite es 23 kg, observo que la báscula pone 28… tiruri…
 Sé perfectamente que la segunda pesará lo mismo, así que la pongo en la báscula y efectivamente… otros 26… cri cri… cri cri…

Le miro con una amable sonrisa pero su respuesta sencillamente se limita a ordenarme que ponga la maleta de mano en la cinta. ¿Pero es necesario pesarla también? Si.
 15 kg… el límite es 8 kg. Perfecto. Empiezo a hacer cálculos mentales de cuánto tendré que pagar. 

Señorita, tiene que pagar usted 230 euros. ¿QUÉ? ¿WTF?

Así que decido utilizar la táctica que nunca ha fallado y nunca fallará. Realmente he conseguido muchas cosas con ella. Una vez, incluso un amigo mío se enfadó conmigo porque le engañé con ella.

Con una caída de mirada más que ensayada, dejo que unas cuantas lágrimas corran por mis mejillas y susurro que soy expatriada, que tengo que vivir en Munich y ahora me voy a Sudamérica a vivir, me mudo, no tengo nada, no tengo dinero y me tengo que  ir a vivir a otra ciudad.

Levanto la mirada con los ojos empañados en lágrimas y como respuesta la situación empieza a cambiar:

-          Bueno, podemos olvidar que tiene exceso de peso en una de las maletas…

Casi ya entre sollozos, y con la gente de alrededor mirando, que hace que el pobre hombre parezca un ogro malvado, le cuento que en Madrid tendré que volver a pagar por el equipaje.

Con la cara roja de vergüenza por hacer llorar a una pobre niña, levanta el teléfono, dice unas cuantas frases en alemán, y pone una etiqueta en cada maleta que pone Madrid-Santiago de Chile, a pesar de que en mi empresa han comprado billetes separados. Perfecto, ya no tendré que recoger el equipaje en Barajas y cambiarme de terminal. Pero necesito otra rebaja.
Otra vez le miro con mis ojos lacrimosos a lo cual obtengo como respuesta:

-          Bueno, vamos a olvidar el otro exceso de peso también. Ya no puedo hacer más rebajas.
 Sigo con los ojos empañados mientras pago menos de la mitad de lo que me había dicho inicialmente.
Me doy la vuelta, y como cuando me castigaban y sabía que al final me perdonarían por hacer un pequeño teatro, me voy riendo por el aeropuerto sin maleta de mano y completamente segura de que era imposible pagar menos por llevarme todo lo que me he llevado a Chile.