sábado, 11 de agosto de 2012

Y así es como mis abrigos de invierno están en casa de una china

Son las cinco y media. Hace calor, mucho calor, en Munich. He estado todo el día ordenando cosas, metiéndolas en cajas, comprando maletas...

Decido llevar una de las famosas cajas azules de Hermes, características de tantos lugares de Europa a la vuelta de los Erasmus. En este caso, no me vuelvo de Erasmus, sino que mando parte de mis cosas a España porque me voy a Chile de nuevo.

Bajo las escaleras y llego a la calle. La caja ya empieza a pesar. Mucho. Me miro en el cristal del portal, y parezco diminuta detrás de ella. De hecho casi ni puedo verme porque si levanto la caja ésta tapa todo mi cuerpo, y tengo que girar la cabeza para caminar sin tropezar. ¿Y si subo a por la maleta y la llevo en ella? Bah, solamente son dos calles, está a la vuelta de la esquina, no merece la pena.

Salgo a la calle tras la caja, parece que ésta me lleva a mí. El calor aprieta, cada vez más a medida que avanzo. Sudando, recorro las calles que separan mi portal del establecimiento de envío de cajas. Empiezo a preguntarme por qué no habré tirado la mitad de las cosas que hay en ella, pero ahora ya está. La caja hace marcas en mis brazos.

Llego a la tienda, CERRADA.

Me niego a creer que tenga que recorrer de vuelta el maldito camino andado con la caja a cuestas otra vez, así que (esto es algo que a mi amiga Isa nunca se le hubiese ocurrido), observo que el establecimiento de al lado tiene la puerta entreabierta. En realidad, no es un establecimiento. Ni una tienda. Es una especie de "estudio" de pintura artística.

Entro y dejo la caja en la calle, y le explico a una amable china que hay allí (entre risas, muchas risas) que si me puede guardar la caja hasta el lunes, porque así me ahorraría un viaje con la caja caminando. Esto resulta inviable en muchos países, pero en Alemania la gente es así. Incluso los de fuera.

Me dice que por supuesto que puedo dejar la caja allí, y que en caso de que el lunes tuviese que irse a algún sitio, ella misma dejará la caja en el establecimiento de envío de cajas y yo ya pasaré a pagar. Empezamos a charlar y me cuenta su vida. Yo también la mía. Se extraña de que me vaya a Chile, pero le explico que es porque hablo español, y mi empresa tiene proyectos allí y todas esas cosas. Parece que me agradece a mí que la entretenga. Asombrada de lo que me acaba de pasar, vuelvo a casa riéndome a carcajadas por la calle porque ahora mismo todos mis abrigos de invierno, algunas botas, libros, etc, están en casa de una señora china de Munich.

Esos pequeños detalles que hacen que de repente, te de pereza irte de esta ciudad.

jueves, 9 de agosto de 2012

Vacunas en Alemán

Ir a ponerse una vacuna, es algo que nunca me ha dado miedo. Sin embargo, una vez en la sala de espera, sí me pongo siempre nerviosilla, empiezo a leer papelillos que haya por allí compulsivamente, a mirar al resto de la gente, a jugar a las bolitas del móvil... mientras de mi cabeza no se borra la imagen de una jeringuilla con su aguja penetrando en mi piel y soltando un liquidillo. Entonces (esto es un truco desde que tengo uso de razón y memoria) empiezo a pensar...campo de margaritas, campo de amapolas, campo de margaritas, campo de amapolas...voy saltando por un campo de margaritas... y esa imagen se borra para dar lugar a un bello paisaje de margaritas y amapolas, no me preguntéis por qué.

El caso es que si al hecho de estar "nerviosilla" le añadimos que lo único que escuchas en la sala de espera es jkfañlsdjfopweurkfjañj y alfkdjalkfjqieuqfañjf... los nervios pueden llegar a hacer que asome una pequeña lagrimilla pensando...mamá, por qué no estás aquí como siempre?

Y si a toda esta ensalada de qepurklfjañkldjfuqejkñla añadimos que detrás de ti sólo se oye una potente voz cada cinco minutos que dice... FRRRRRRAU WTF... HEEEEERRRRR WTF... peor todavía.

Sin embargo, una diminuta médico con pinta de simpática hace que no pierdas la esperanza pensando...que me toque ella...por favor que me toque ella...

Pero todas mis esperanzas se esfuman cuando oigo... FRRRRRRRRRRAU TSEPEDA???oh no! estoy muerta...

Me doy la vuelta, y veo al médico más parecido a Derek Sheperd (Anatomía de Grey) que pueda existir en este mundo, no entiendo este tipo de casualidades, así que me pongo más nerviosilla pensando en la maravillosa vida que me espera junto a él, por mi cabeza sólo pasa el Englisher Garten, preciosos niños rubios, un par de chanclas, él jugando al fútbol con los niños mientras yo leo la última novela alemana que ha salido al mercado. FIN.

Empezamos a hablar y enseguida se da cuenta de que soy española (qué raro), por lo que empieza a contarme con un perfecto español que estuvo estudiando en Sevilla y que es una maravilla (con estas palabras). No puedo estar más enamorada en ese momento, pero todavía queda lo mejor. Me pregunta de dónde soy, y le digo que de una pequeña ciudad llamada Orense. OOOOOOH! Oreeense! Al lado de Portugal! Eu tamén falo portugués!! En serio, por qué la gente alemana es tan insultantemente culta?? Por qué dominan cinco idiomas?? Y cuando digo dominar, no es el dominio que tenemos nosotros sobre el inglés, es un dominio completamente distinto, con palabras extrañas incluidas.

- Entonces, vienes a ponerte la vacuna de la fiebre amarisha, como dicen los argentinos ¿no? - me pregunta.

¿Puede ser más perfecto?

Prepara la jeringuilla e incluso me atrevo a mirarle mientras lo hace, por primera vez me he puesto una vacuna sin pensar en un campo de margaritas.#estosolopasaenalemania. Mientras me pregunta que qué hago en Munich y le cuento mi vida, no noto como los bichitos se pasean por mi brazo, he dejado de sentir.

Me voy paseando por la preciosa Leopoldstrasse hasta Marienplatz con una amplia sonrisa. Hoy veo Munich de otra manera. Más bonito, si cabe. Y me da pena dejarlo aquí.